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Olatz Grijalba, Claudia Pennese

Individuo VS Ciudadanía / Proyectista VS Intérprete

Fecha: 07.06.2010
Individuo VS Ciudadanía / Proyectista VS Intérprete

El espacio urbano tiene una multitud de dimensiones, y la que trabaja el planificador, el arquitecto o el gobernante no siempre es la misma que la que utilizan los ciudadanos en su vida cotidiana. Por ello, toda intervención en la ciudad debería partir del reconocimiento de esta pluralidad y por tanto de la necesidad, al menos, de contar con ella como principio general. La participación se convierte así en una consecuencia lógica de la forma de entender la ciudad y transformarla.

Por otro lado, la evolución del sentido democrático en el último periodo ha derivado en una excesiva delegación del poder en los gobiernos y en una opinión casi generalizada de que el procedimiento más útil para influir en las decisiones que toman las instituciones públicas es la de votar en las elecciones. Esta posición es reflejo del individualismo al que se dirige nuestra sociedad y la causa de la crispación y desconfianza en los poderes públicos. Esta actitud hace que la ciudadanía pierda su status, la de colectivo perteneciente a la ciudad, activo y responsable; donde el ciudadano se limita a ser un mero consumidor de las opciones urbanísticas que se le ofertan, o a la protesta o reclamación reactiva y esporádica ante proyectos urbanísticos realizados. Actualmente no hay conciencia civil, aquella conciencia que supone una armonía, por cuanto conflictiva, entre ciudadanía, instituciones y técnicos.

Esto está creando una creciente desafección ciudadana respecto de las instituciones municipales y repercutiendo negativamente en la calidad de las ciudades, tanto en su dimensión física como en la humana. Barrios impersonales, relegados a una posición emocional y físicamente periférica, monofuncionales, caracterizados por la ausencia de actividades, de difícil accesibilidad no solo física sino espacial y social, fomentan marginalidades e individualismos, restando calidad a la vida. Paralelamente, asistimos a un intento de “apertura” de unas instituciones que buscan mayor legitimidad.

Es, pues, un momento de oportunidad, una oportunidad para el acercamiento a una democracia participativa, en la que se posibilite un nuevo equilibrio en las relaciones de poder hasta la fecha demasiado desequilibradas. Para ello, es imprescindible el cambio de mentalidad en todos los niveles de la sociedad, pero fundamentalmente, la concienciación de la ciudadanía, cambiar nuestra concepción de qué es el espacio, el lugar, la ciudad, de quién la gobierna y quién decide sobre ella, de cuáles son sus valores, sus dimensiones y sus representaciones, conscientes de que es posible (necesario) transformarla y de que esto supone una labor constante y compartida.

No podemos resignarnos con la tonta teoría de algunos conformistas que dicen "es que nosotros somos así y nadie nos va a cambiar"; pensemos y construyamos una mejor ciudad en la que cada uno se sienta responsable y actor participativo en este cambio. Somos así, pero podemos ser mejores; podemos opinar sobre la ciudad que queremos para nosotras/os, para nuestras criaturas, nuestros vecinos prescindiendo de diferencias étnicas, de genero…

Sin embargo el cambio, para que sea real y profundo, tiene que darse a todos los niveles. En este sentido es de vital importancia que también cada proyectista asuma su propia responsabilidad con respecto al papel que juega en este proceso de cambio, para que éste sea posible y efectivo. Como proyectistas deberíamos de tratar de abandonar definitivamente nuestro papel de técnico/demiurgo, es decir, aquel que toma decisiones en base a sus conocimientos y las superpone a la realidad física y social, y, a la vez, aprender a apropiarnos del rol de intérprete, que se mezcla y se implica con la materia con la que tiene que trabajar.

Para el crítico y teórico literario George Steiner el intérprete no es el crítico, sino el ejecutor: el que no se limita a comentar una obra en base a sus conocimientos específicos, sino el que hace re-vivir una obra a través de la ejecución que hace de la misma. Él conoce, comprende y restituye su conocimiento a través de la acción, de su personal implicación con la realidad en la que y para la que trabaja. El intérprete, en cuanto ejecutor, evita derivar el sentido de las cosas según un proceso objetivo, abstracto, consecuencial, basado en conocimientos técnicos, que, por si mismos, hacen presumir la validez de las decisiones tomadas.

El intérprete se empeña en “poner en practica” el material que tiene a su alrededor, para darle una vida inteligible, activa. El intérprete/ejecutor no puede limitarse a mirar lo real y comentarlo, sino que debe “penetrar” en él, implicarse/ensuciarse con él. El objetivo es el de restituir al receptor un sentido activo, vital, compartido; de hacerse él mismo receptor en su propio acto interpretativo. Es justamente esa implicación profunda en la realidad en la que y para la que trabaja, la que define el sentido ético de su acto interpretativo que, en cuanto no basado exclusivamente en el conocimiento científico, podría parecer a-moral.

El intérprete/ejecutor no se limita a ser un observador externo que juzga y decide en base a conocimientos pertenecientes a la esfera del pensamiento racional, sino que asume el papel de un “actor” en el proceso/proyecto, tomando, en primera persona, el riesgo que conlleva su implicación directa con la materia que va a transformar. Esta implicación determina que su respuesta sea “responsable” en el sentido etimológico de la palabra y, a la vez, ética, ya que expone a riesgo su respuesta de proyecto, su “obra”, en el momento en el que la entrelaza directamente con el acto interpretativo.

Para el proyectista, entonces, es necesario tener una experiencia directa con lo real, ponerlo en practica para poderlo transformar desde su interior y conjuntamente a los demás actores implicados. Para la ciudadanía la implicación con lo real supone la superación de su individualidad y sus intereses personales y una apertura hacia los demás individuos y colectivos. Para ambos, en definitiva, significa involucrarse activamente en procesos participativos: compartidos, incluyentes y polifónicos.

Procesos que miren y escuchen la ciudad que hemos heredado y que se impliquen en transformarla apostando por la calidad de vida, la convivencia, la compartición ,en contra de todo tipo de marginalidades, sean de tipo social, cultural, de género…y que constituyan el camino hacia un hábitat compartido hic et nunc y para las futuras generaciones.

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